Reflexiones (Un aporte de Roberto A. Rocca)
Dos
hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno
se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle
a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la
habitación. El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba. Los dos
charlaban durante horas.
Hablaban
de sus mujeres y sus familias, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el
servicio militar, dónde habían estado de vacaciones. Y cada tarde, cuando el
hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo
describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana
El
hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas, en que su mundo
se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y colores del mundo
exterior La ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes
jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas. Los jóvenes
enamorados paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris.
Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella
vista de la línea de la ciudad.
Según
el hombre de la ventana describía todo esto con detalle exquisito, el del otro
lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena.
Una
tarde calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba
pasando. Aunque el otro hombre no podía oir a la banda, podía verlo, con los
ojos de su mente, exactamente como lo describía el hombre de la ventana con sus
mágicas palabras.
Pasaron
días y semanas. Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para bañarles,
encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente
mientras dormía. Se llenó de pesar y llamó a los ayudantes del hospital, para
llevarse el cuerpo.
Tan
pronto como lo consideró apropiado, el otro hombre pidió ser trasladado a la
cama al lado de la ventana. La enfermera le cambió encantada y, tras asegurarse
de que estaba cómodo, salió de la habitación. Lentamente, y con dificultad,
el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo
exterior; por fín tendría la alegría de verlo él mismo. Se esforzó para
girarse despacio y mirar por la ventana al lado de la cama... y se encontró con
una pared blanca.
El hombre preguntó a la enfermera qué podría haber motivado a su compañero muerto para describir cosas tan maravillosas a través de la ventana. La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni la pared, y le indicó:
"Quizás
sólo quería animarle a usted".
Ruth
fue al buzón y encontró una sola carta.
La tomó y observó detenidamente el sobre antes de abrirla. No tenía
estampillas ni matasellos; nada, solo su nombre y dirección.
La abrió y leyó.
Querida Ruth:
Estaré cerca de tu casa el sábado a la noche y me gustaría verte.
Besos.
Jesús.
Mientras dejaba la carta sobre la mesa, se preguntaba, porqué Dios
querrá verme. No soy nada especial. No tengo nada que ofrecerle.
Ruth se dio cuenta de que sus alacenas estaban totalmente vacías.
"Oh, cielos - pensó- , no tengo nada para agasajarlo. Debo ir al centro de
la ciudad y comprar algo para la cena".
Buscó su monedero y revisó el contenido.
Cinco pesos y cuarenta centavos.
Bueno. Puedo comprar algo de fiambre y pan, se dijo.
Se puso su abrigo y salió rápidamente hacia el supermercado.
Medio
kilo de pan francés, unas rodajas de mortadela o salchichón, un poco de queso
y una gaseosa o vino barato le permitiría llegar al lunes con lo suficiente
para viajar al trabajo.
Listo. Todo solucionado se iba diciendo mientras regresaba a su casa con la
compra en una bolsita apretada contra su cuerpo.
- "Hola, señora, ¿puede ayudarnos?" sintió que le decían a sus
espaldas.
Estaba tan enfrascada en sus pensamientos de la cena, que no se dio cuenta que
dos personas la seguían por la estrecha calle. Eran un hombre y una mujer,
ambos harapientos.
- Vea doña, mi esposa y yo estamos sin trabajo . Estamos viviendo en la
calle ¿vio?, tenemos frío, ¿vio? y hace varios días que no comemos. No sabe
cuánto le agradeceríamos que nos ayudara con algo....
Ruth los miró y los vio tan sucios y malolientes, pero con una buena mirada,
que se dio cuenta que tendrían algún trabajo si pudieran. No eran vagos.
- Amigos, les dijo. Yo soy pobre. Me gustaría ayudarlos. Solo llevo un poco
de pan y fiambre y tengo un importante invitado esta noche y me gustaría poder
ofrecérselo a Él.
- Ta bien, señora. Entendemos. Gracias igual.
El hombre puso la mano por el hombro de la mujer, se dieron vuelta y caminaron
despaciosamente callejón abajo.
Al verlos alejarse, Ruth sintió que su corazón se estrujaba.
- Hey, señor, gritó.
La pareja se detuvo y se dio vuelta mientras ella corría por la calle detrás
de ellos.
- Vean, porqué no se llevan esta comida. Algo se me ocurrirá para poder
agasajar a mi invitado de esta noche, les dijo mientras depositaba la bolsita
del supermercado en las manos del hombre.
- Gracias, muchas gracias, señora.
- Si, gracias, señora dijo la mujer.
Ruth vio que la mujer temblaba.
Vea, le dijo, yo tengo otro abrigo en mi casa. ¿Porqué no se lo pone? le dijo
Ruth mientras se desaborchaba el saco y lo ponía sobre los hombros de la
pobre mujer.
Se sonrió, se dio vuelta y regresó a su casa sin su abrigo y ni siquiera con
la comida con qué agasajar a su invitado.
- Gracias señora. Gracias por todo, sentía que le decían aquellas
personas.
Ruth llegó poco menos que helada y preocupada a su casa. El Señor iba a venir
a visitarla y ella no tendría nada para ofrecerle.
Cuando traspasó la entrada vio una carta en su buzón.
- ¡Que raro! se dijo. El cartero pasa una sola vez al día.
Tomó el sobre y lo abrió.
Querida Ruth:
Fue un gran gusto volverte a ver. Gracias por tu encantadora comida. Ah! y
gracias también por tu hermoso saco.
Te ama.
Jesús.
El aire estaba helado, pero Ruth ni se dio cuenta.
Querido amigo blanco:
Un par de cosas deberías saber:
Cuando yo nací, era negro.
Cuando empecé a crecer, era negro.
Cuando voy a la playa soy negro.
Cuando tengo frío sigo siendo negro.
Cuando tengo pánico soy negro.
Cuando me enfermo soy negro.
Inclusive cuando me muero continuo siendo negro.
En cambio vos, mi querido amigo blanco.
Cuando nacés sos rosado.
Cuando empezás a crecer te ponés blanco.
Cuando vas a la playa te ponés rojo.
Cuando tenés frío te ponés azul.
Cuando tenés pánico te ponés amarillo.
Cuando estás enfermo te ponés verde.
Cuando te morís te ponés gris.
Y tu todavía tenés las santas bolas de decirme que yo soy de color!!!!
Si te has despertado hoy con más salud que enfermedad, estás más bendito que el millón que no va a sobrevivir esta semana.
Si nunca has conocido los peligros de la guerra, la soledad de la prisión, la agonía de la tortura, los dolores del hambre, estás delante de 500 millones de personas en el mundo.
Si puedes ir a la iglesia o el templo sin estar perseguido, arrestado, torturado o asesinado... estas más bendito que 3 mil millones de personas en este planeta.
Si tienes comida en tu heladera, llevas la ropa limpia, si tienes un techo encima de tu cabeza y un lugar seguro en donde dormir, estas más rico que los 75% demás.
Si tienes dinero en el banco, en tu cartera, y unas monedas en una jarra en tu casa, estás parte del 8% de la población próspera del mundo entero.
Si llevas una sonrisa en tu cara, y estás agradecido por todo, estás bendito, porque la mayoría de la gente lo puede hacer pero no lo hace.
Si puedes tomar la mano de alguien, abrazarlo o solamente tocar a su hombro, estás bendito porque puedes ofrecer el toque divino que cura.
Si puedes leer este mensaje has recibido una doble bendición ya que primero uno ha pensado en tí, y segundo tienes más suerte que 2 mil millones de personas que no saben leer.
Cuenta tus bendiciones, y transmite este mensaje a los demás para que se den cuenta de las bendiciones que ya tienen.
Este cuento que quiero tanto, lo escribo ahora en memoria de mi amigo Jay
Rabon.
Esta es la
historia de un hombre al que yo definiría como un buscador...
Un buscador es
alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.
Tampoco es
alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando, es simplemente
alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un día, el
buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a
hacer caso riguroso a estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí
mismo, así que dejó todo y partió.
Después de
dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó, a lo lejos, Kammir. Un
poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó
mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón
de árboles, pájaros y flores encantadores; la rodeaba por completo una especie
de valla pequeña de madera lustrada.
... Una
portezuela de bronce lo invitaba a entrar.
De pronto,
sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por
un momento en ese lugar.
El buscador
traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que
estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.
Dejó que sus
ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor.
Sus ojos eran
los de un buscador, y quizás por eso descubrió, sobre una de las piedras,
aquella inscripción...:
Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.
Se sobrecogió
un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una
lápida.
Sintió pena
al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.
Mirando a su
alrededor el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía
una inscripción. Se acercó a leerla, decía:
Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses, y 3 semanas,
El buscador se
sintió terriblemente conmocionado.
Este hermoso
lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba.
Una por una,
empezó a leer las lápidas.
Todas tenían
inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.
Pero lo que lo
conectó con el espanto, fue comprobar que el que más tiempo había vivido
sobrepasaba apenas los 11 años....
Embargado por
un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.
El cuidador
del cementerio pasaba por ahí y se acercó.
Lo miró
llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún
familiar.
No, ningún familiar – dijo el buscador - ¿ qué pasa con este pueblo?, ¿ qué
cosa tan terrible hay en esta ciudad?, ¿ cuál es la horrible maldición que
pesa sobre esta gente, que los ha obligado a construir un cementerio de
chicos?!!!
El
anciano se sonrió y dijo:
Puede Ud. serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una
vieja costumbre. Le contaré...
Cuando un
joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta, como ésta que
tengo aquí, colgando del cuello.
Y es tradición
entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de
algo, abre la libreta y anota en ella:
A la izquierda, qué fue lo disfrutado...
A la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.
Conoció a su
novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el
placer de conocerla?, ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media?...
Y después...
la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos
días?, ¿una semana?...
¿Y el
embarazo o el nacimiento del primer hijo?...
¿Y el
casamiento de los amigos?...
¿Y el viaje más
deseado?...
¿Y el
encuentro con el hermano que vuelve de una país lejano?.
¿Cuánto
tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?... ¿horas?, ¿días?...
Así
... vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos... cada momento.
Cuando
alguien se muere, es nuestra costumbre, abrir su libreta
y sumar el tiempo de lo disfrutado,
para escribirlo sobre su tumba, porque Ese es, para nosotros,
el único y verdadero tiempo VIVIDO.
Personaje extraño es el hombre: nacer no pide, vivir no sabe, morir no quiere
El viaje más largo es el que se
hace hacia el interior de uno mismo.
Hammarskjöld.
Nada hay en la tierra mas difícil
de sostener que la boca.
Edward Balser
El Hombre moderno es el eslabón
perdido entre los monos y el ser humano.
Anónimo
Todos los hombres nacen iguales,
pero es la ultima vez que lo son.
Abraham Lincoln.
Hay gentes tan llenas de sentido
común, que no les queda el más pequeño rincón para el sentido
propio.
Miguel de Unamuno
De todos los animales de la
creación el hombre es el único que bebe sin tener sed,
come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir.
John Steinbeck
Duda siempre de ti mismo, hasta
que los datos no dejen lugar a dudas.
Louis Pasteur
Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Nada puede destruir a la Humanidad, excepto la Humanidad misma. Theilard de Chardin.
Un fracasado es un hombre que ha
cometido un error pero que no es capaz de convertirlo en
experiencia.
Hubrard.
Cuando veas a un hombre bueno,
trata de imitarlo;
cuando veas a
un hombre malo, examínate a ti mismo.
Confucio.
Esperar sentido común en la gente
es una prueba de no tener sentido común.
Eugene O'Neill